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Antonio Buzarra

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Cómo pasar la cuarentena. De Machamé a Shira Cave Kamp

Hola amigos, como os prometí, hoy os describiré mi segunda etapa para subir el Kilimanjaro. Además os pondré una nueva entrega de mi libro «Las lágrimas de la noche» .

El segundo día salió con niebla pero no nos importó, y tras desayunar comenzamos un desnivel de mil metros hasta llegar a los cuatro mil metros de altitud, donde nos esperaba Shira Cave Kamp. aquí os dejo unas fotos.

Respecto al libro de «Las lágrimas de la noche», ésta entrega comienza justo cuando acaban de salir ilesos de un ataque de una gran culebra llamada «Sunka».

Resumen de «Las lágrimas de la noche»

–No entiendo.

                –Tantas cosas hay que no entiendes. Te diré algo, la naturaleza entera esta comunicada entre sí, ¿es que no lo entiendes todavía? –contestó Tommu un tanto hastiado por la ignorancia de Cintya.

                Justo al decir eso, la luz invadió el lugar. Cintya miró a su alrededor. Estaban en la zona de los serbales. Sus frutos rojos colgaban sobre ella, como regalos a punto de entregar. Asombrada por lo que veía, no se dio cuenta de la presencia de Tangursk.

                –¿Estás bien? ¿te ha ocurrido algo? –preguntó con preocupación el duende.

                –Oh, sí, estoy bien –contestó un tanto temerosa por la experiencia por la que acababa de pasar, pero maravillada por lo que estaba contemplando.

                –Pues, ven conmigo.

                Tangursk cogió de la mano a Cintya que seguía con los sentidos abstraídos por lo que estaba viendo. Anduvieron unos metros hasta un agujero en el suelo, allí, escondidos esperaron al resto.

                –Iremos por el interior de la tierra mientras podamos. Aquí en el exterior estamos expuestos a muchos peligros –exclamó Tangursk.

                –¿Cómo iremos? –se atrevió a preguntar Cintya, que aún no había olvidado el miedo de la experiencia pasada a lomos de Tommu.

                –Remontaremos las corrientes subterráneas de agua –dijo sin dar más detalles.

                Cintya ya no preguntó. Desde hacía pocas horas su vida había cambiado, de tener una vida monótona y tranquila, a tener todas aquellas aventuras que jamás hubiera soñado. Ir volando en una luciérnaga, montar en un ratón, ser atacada por una víbora. A partir de ahora, ¿cuál sería la próxima sorpresa? Por lo que se conformó y se dispuso a seguir a aquel grupo tan variopinto. Fue Inmalick, la ninfa, la que trajo cinco semillas de diente de león. A imitación de Tangursk, Cintya se agarró al tallo de la semilla y tal y como vio a los demás, se lanzó al agujero en la tierra. La experiencia fue fantástica, fue descendiendo poco a poco, como si flotara, a través de la oquedad del suelo. Pasadas las primeras raíces, llegó a una zona de rocas donde una pequeña brisa hizo tambalear la semilla. Por fin aterrizó suavemente en una zona de arena, al lado de una corriente subterránea de agua. Nada más soltarla, la semilla se elevó para desaparecer aguas abajo en la oscuridad.

                –Vamos –dijo con firmeza Tangursk–, ¿has traído eso? –preguntó a Mondevuck, el gnomo.

                –Sí –el gnomo sacó de un pequeño morral unas cuantas setas las cuales repartió.

                Cintya no entendía nada.

                –¿Para qué será esto? –pensó.

                Pero no iba a discutir las órdenes de Tangursk. Cogió la seta en la mano, como hacían los demás, y comenzó a caminar siguiendo al duende. Sólo unos pasos más allá la oscuridad era densa como el lodo. Cintya estaba asustada, ¿cómo vería? Enseguida llegó la respuesta. Según se iban adentrando en la oscuridad las setas que llevaban en la mano comenzaron a brillar iluminando la ruta. Era una bioluminiscencia que emitía la seta sin quemar la piel de la niña. Más tranquila al ver dónde ponía los pies, caminaba tras aquel grupo tan variopinto.

                La corriente de agua corría a su derecha. El sonido, al discurrir a su lado, tenía un efecto de tranquilizante. No sabía cómo se había metido en aquella aventura. Había pasado de hablar con su padre en el borde del bosque, a volar en una lursk, conocer a todos aquellos seres de leyenda. Pero lo peor era que no sabía realmente qué hacía allí, ya que la única que no pintaba nada entre aquella gente era ella. Sólo la cabezonería de Tangursk la había llevado hasta allí, y ahora ya no tenía más remedio que seguir adelante sin saber cuál era su papel. El camino era resbaladizo debido a la humedad. A veces pasaban por grandes cuevas cuyas estalactitas y estalagmitas jugaban a construir formas indescriptibles. Otras se iluminaban solas por la existencia de hongos bioluminiscentes en el suelo como las setas que llevaban. Según iban caminando, sus huellas irradiaban luz formando un juego de colores en el suelo. Las paredes bailaban formando sombras pintorescas. Cerca ya del mediodía, en una gran sala donde la corriente se estancaba formando una pequeña laguna, Tangursk paró.

                –Comamos un poco.

                Cintya, con tantas aventuras vividas, no se había dado cuenta de que desde la cena no había probado bocado, por lo que agradeció aquel momento. Fue Pounduck, el augusmit, el que sacó de su pequeño morral unas cosas envueltas en hojas de enredadera de jazmín. Lo repartió y se dispusieron a comer. Cintya miraba con recelo aquel pequeño paquete. El olor era agradable, pues las hojas de jazmín desprendían el olor que durante toda su vida había percibido, por lo que se animó. Comenzó a desenvolver el paquete. Era una tableta dura, de color indefinido. Se lo acercó a la nariz y no le desagradó. Mordió con precaución y su gusto fue una explosión de sabores. Le recordaba los calostros que su madre le daba cuando paría Tarska, la cabra. Pero también sabia al panecillo recién hecho que su madre amasaba y horneaba cada dos días, invadiendo la casa con el olor a pan recién hecho. Por un momento se acordó de su madre. “¿Qué estará haciendo?, pensó. “Estará sufriendo mucho”, afirmó, mientras unas lágrimas comenzaban a rodar por su rostro.

                –¿No comes? –preguntó Tangursk.

                –Sí, ahora mismo.

                –¿Te ocurre algo? –insistió.

                –No nada. Me acuerdo mucho de mi madre –contestó con aire compungido.

                –Tranquilízate y come. Pronto volverás a verla –afirmó con cara sonriente.

Aquí os dejo unas fotos de la segunda etapa del Kilimanjaro.

La subida fue intensa y continua, entre la vegetación.
A pesar de la niebla las vistas eran espectaculares.
Ésta especie de córvido nos esperaba en las alturas. No sé cual sería su intención, pero se quedó con las ganas.
Por fin entre la niebla, apareció Shira Cave Kamp
Ya estamos en el campamento.
A pesar del cansancio nos desplazamos a una cima cercana para ver bien nuestro objetivo. El Kilimanjaro.
Pero enseguida volvimos al hotel…
…y a nuestro restaurante.

Hasta dentro de unos días. Que lo paséis bien.

Un riojano esperanzado.

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